Venganzas talmúdicas: Los crímenes de los jueces de Nüremberg

No tiene desperdicio: Los crímenes de los jueces de Nüremberg

El bombardeo estratégico —también llamado “de saturación” o “de terror”— sobre Alemania, se convirtió en el principal y a veces exclusivo recurso de la ofensiva británica.
  
Las palabras del propio Winston Churchill, en sus “Memorias”, nos relevarán de profundizar en el tema: “El horrible método de bombardear ciudades abiertas desde el aire, iniciado por los alemanas, fue repetido —y veinte veces superado— por las fuerzas siempre en aumento de los aliados, y encontró su culminación en el uso de las bombas atómicas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki”.
  
Falsea la verdad el primer ministro inglés. No fue Alemania la que empezó con los bombardeos sobre la población civil. En 1939 Chamberlain dispuso el primer bombardeo y en  mayo de 1940, Churchill ordenó el bombardeo sobre el Ruhr.
  
Así lo sostiene también el célebre crítico militar inglés Fuller: “El 11 de mayo de 1940 —Churchill— ordenó bombardear la ciudad de Freiburg. Pero Hitler no devolvió el golpe, aunque no cabe la menor duda de que estos ataques contra Freiburg y otras ciudades alemanas lo impulsaron, a su vez, a pasar al ataque” (cfr. “The conduct of War”).
  
El Subsecretario del Ministerio del Aire británico, J. M. Spaight, es categórico en la materia. Reconoce sin ambigüedad que: “empezamos a bombardear las ciudades alemanas antes de que el enemigo procediera de igual forma contra las nuestras. Es éste un hecho histórico que debe ser públicamente admitido. Pero como teníamos dudas respecto del efecto psicológico de la desviación propagandística de que habíamos sido nosotros quienes habíamos empezado la ofensiva de bombardeos estratégicos, nos abstuvimos de dar la publicidad que merecía a nuestra gran decisión del 11 de mayo de 1940” (cfr. “Bombing Vindicated”).
  
Por si alguna duda pudiera albergarse sobre la cronología de los ataques, aclara Spaight: “Hitler comenzó a contestar contra los bombardeos a ciudades más de tres meses después de que la Royal Air Force los hubiera iniciado y siempre estuvo dispuesto, en cualquier momento, a suspender esta clase de guerra. Desde luego, Hitler no quería que continuase el mutuo bombardeo” (ídem anterior).
  
Recuerda Rassinier que es Churchill en sus “Memorias” quien escribe que el instigador de los bombardeos fue Lord Cherwell. ¿Quién era Lord Cherwell?, se pregunta el autor: “Era un tal profesor Lindemann, un hebreo emigrado de Alemania en 1935. Ese noble lord era el Presidente del Bomber Command” y dependía exclusivamente de Churchill (cfr. Churchill, “Su hora más gloriosa”, pág 349).  Siendo civil, tenía autoridad sobre los jefes militares del Comando de Bombardeo.
  
En el informe que confeccionó Lindemann, asistido por David Bensussa y Salomón Zuckerman, [nota: ambos son judíos] aconseja bombardear masivamente “para zapar la moral del enemigo, dirigidos contra zonas obreras de las cincuenta y ocho ciudades alemanas cuya población supere los cien mil habitantes…”
  
Continúa Rassinier recordando que “El conocido escritor y hombre de ciencia Charles Snow publicó en Londres en 1961, el libro «Science and Govemment», en el que afirma: «El Plan Lindemann fue adoptado bajo la presión conjugada de los jefes de la aviación inglesa y, naturalmente, los medios Judíos tan poderosos entonces en el gobierno»”.
  
Quizás el caso emblemático sea el bombardeo sobre Dresden. El francés Faverjon, en “Mentiras de la Segunda Guerra Mundial”, recuerda que: “El informe del jefe de policía de Dresden del 20 de marzo de 1946 indicaba que se habían identificado 202.000 cadáveres y estimaba que el número total de víctimas era de 250.000. (Contra las cuatrocientas de Coventry, mayor  registro de bajas inglesas en un bombardeo alemán). El jefe de Estado Mayor del sector defensivo de la ciudad confirmó estas cifras porque tuvo acceso al informe definitivo de la policía, fechado a fines de abril. En cuanto a los daños materiales, en seguida se ve que fueron terribles: veinte kilómetros de la ciudad habían sido arrasados (o sea un 75% de su radio de influencia); de las doscientos mil viviendas, unas noventa mil no eran más que un montón de ruinas humeantes. Para llegar a tal paroxismo de destrucción (recordemos que los bombardeos de Dresden produjeron el doble de muertos que la explosión atómica que, literalmente, hizo desaparecer a Hiroshima), los Aliados pusieron en marcha lo que en ese momento se llamó un «bombardeo extensivo sobre zona»”.
  
Según Santiago Mata, en “Holocausto estratégico. Bombardeos en la Segunda Guerra Mundial”, sólo los norteamericanos, entre 1942 y 1945, arrojaron un total de 1.463.423 toneladas de bombas sobre el teatro europeo.
  
Durante el conflicto habían producido 7.431.001 bombas, de las cuales 1.151.885 eran incendiarias. Los británicos, que fabricaban a razón de sesenta mil bombas incendiarias por semana, arrojaron sobre Alemania un total de ochenta millones durante toda la guerra. Los Aliados mataron a 2.050.000 personas y dejaron sin casa a siete millones y medio de alemanes. Por su parte los alemanes, en toda la extensión de la guerra, mataron a 60.595 ingleses como consecuencia de sus bombardeos con aviones y bombas teledirigidas.
  
A los fines específicos de estos bombardeos, los americanos habían encomendado al científico de Harvard, Louis Fieser, jefe de la sección explosivos del National Defense Research Committee, estudiar la fuerza explosiva e inflamabilidad del divinilacetileno.
  
Fieser descubrió que en su contacto con el aire, esta sustancia producía geles inflamables, fue así como nació la tristemente célebre “napalm”. Estos geles se inflamaban por sí, con el impacto propio de la bomba, o a través del agregado de fósforo blanco, alcanzando una temperatura superior a los dos mil grados centígrados, generando la temida “tormenta de fuego” que era suficiente para calcinar toda vida existente en su amplio radio de acción. Esta terrible combinación incendiaria fue la utilizada por los Aliados en sus ataques contra Alemania.
  
A su turno, los británicos habían diseñado la bomba explosiva de alta capacidad, de dos mil y cuatro mil libras, pensadas para los bombardeos estratégicos. La característica principal de este artefacto era que explotaba sobre la superficie y no al incrustarse en ella.
  
Tal circunstancia aseguraba la destrucción de los edificios que recibían plenamente su poder explosivo, el que no se menguaba por la amortiguación que naturalmente produce el cráter.
  
Otra de las ciudades alemanas que se vio sometida a incesantes bombardeos fue Colonia. En la noche del 30 de mayo de 1942 que recibió 1450 toneladas de bombas, de las cuales 957 fueron incendiarias. El daño fue significativo, cerca de quinientos habitantes muertos y aproximadamente trece mil edificios destruidos.
  
En la noche del 28 de junio de 1943, seiscientos ocho bombarderos dejaron más de cuatro mil muertos y a doscientas treinta mil personas sin hogares. Recuerda Mata que “A petición de los católicos de la ciudad, el arzobispo concedió que, en caso de bombardeo, se pudiera lograr indulgencia plenaria rezando una simple oración: «Señor Jesús, misericordia»”.
  
El terror también se apoderó de Hamburgo donde fueron virtualmente barridos varios barrios y las iglesias reducidas a ruinas. El ataque de los ingleses y los norteamericanos se reiteró sobre una ciudad que se hallaba indefensa: cayeron 4.491 toneladas de bombas explosivas y 4.192 toneladas de bombas incendiarias. Recuerda Mata: “Los múltiples fuegos agrupados provocaron una tormenta de fuego, con vientos de succión huracanados que dejaban sin oxígeno a cuantos estaban dentro o cerca de ella: en su perímetro la temperatura era de ochocientos grados centígrados. Casi un  tercio de los edificios habitación y el 56% de los pisos quedaron destruidos. Con seguridad hubo más de cuarenta y un mil muertos… novecientas mil personas huyeron de la ciudad. La mayoría de ellos pensaba que había llegado el fin de la guerra, sino el fin del mundo”. La destrucción y muerte sembrada en Hamburgo no tuvo incidencia alguna en el curso de la guerra. Fue simplemente el terror por el terror mismo.
  
Podríamos seguir citando casos y casos de bombardeos que sólo aportarían nuevos testimonios de horror. Basta recordar Schweinfurt (24 de octubre de 1943), donde se arrojaron 459 bombas explosivas de mil libras, 663 de quinientas libras y 1.751 incendiarias; de Berlín, que sólo entre agosto de 1943 y marzo de 1944 recibió 17.000 toneladas de bombas explosivas y 16.000 de incendiarias, con un saldo de 9.390 civiles muertos; de Essen, que en marzo de 1943 recibió 172 bombardeos y perdió el 7,7% (6.384) de su población civil y 60.000 de los 65.000 edificios que la conformaban; de Kassel, que el 4 octubre de 1943 perdió a 414 civiles, entre los que se contaron noventa niños y quince empleadas del hospital infantil de la Gagernstrabe y posteriormente recibió 416.000 bombas incendiarias —cuyo blanco era la plaza y, como ya era común, la iglesia— con un saldo de diez mil muertos; de Bremen, que en la noche del 18 de agosto de 1944 recibió una tormenta de fuego con 68 minas, 10.800 bombas de fósforo y 108.000 incendiarias, lo que arrojó un saldo 1.054 muertos.
  
A esta lista podrían también sumarse Stuttgart, Darmstadt, Nüremberg, etc., etc., todos testimonios de uno de los más feroces holocaustos que pueda recordar la memoria humana.
  

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