EL MUSEO GUGGENHEIM:CABALLO DE TROYA» DEL LOBBY JUDÍO EN EUSKALERRÍA

Aunque la dirección general y la geren­cia de este Museo de arte moderno y contempo­ráneo, diseñado por el arquitecto judío Franz O. Gerhy (nacido Goldberg, premio Pritzker de Arquitectura en 1996), recayó en un español, Juan Ignacio Vidarte (un economista formado en la Universidad de Deusto -feudo jesuita- y en el Massachusetts Institute of Technology-MIT), el modelo de gestión que se impuso lleva la marca de Thomas Krens, el director de la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York, cada vez más próxima al procedimiento de los bro­kers (comisionistas) de Wall Street. Un Thomas Krens que -como le decía al profesor Joseba Zulaika, autor de Crónica de una seducción: el Museo Guggenheim Bilbao- se define a sí mismo como “un seductor profesional”, alguien que seduce «a la gente para que haga donaciones de 20 millones de dólares», porque «la seduc­ción consiste en hacer que la gente desee lo que tú deseas sin que se lo hayas pedido. Se trata de una transferencia del deseo»; en consecuencia:

«soy en cierta forma la mayor puta del mundo». De hecho, la estrategia de Krens ha sido de lo más galante, algo así: «El País Vasco paga todo para siempre y el Guggenheim de Nueva York presta algo por un tiempo», porque, lejos de invertir, el Guggenheim lo que ha hecho -como dice Luis Fernández-Galiano- ha sido «cobrar una franquicia, disponer gratuitamente de un edificio y recibir una subvención anual que cubra la diferencia entre sus ingresos y sus gas­tos: alquila su nombre y lo explota comercial­mente, beneficiándose de la extrema debilidad negociadora de los vascos, dañados tanto por la decadencia industrial y la erosión de la violencia», hasta el extremo de conseguir que el lehendakari de entonces, José Antonio Ardanza, fuera a la sede neoyorkina del banco judío de inversiones Merrill Lynch (cuyo máximo ejecu­tivo es David Komansky, siendo Moisés Israel el director de Investment Banking de Merrill Lynch en España) a firmar el acuerdo que vinculaba a las administraciones vascas. A partir de ese momento el gobierno vasco se anunció en The Economist para captar capitales extranjeros.

(…)

Sin embargo, el Museo fue inaugurado sin la presencia del Guernica de Picasso, sino con más de trescientas obras de la colección de la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York, y la muestra Un siglo de escultura, procedente del fondo del coleccionista judío Nasher, a la que sucedió unos meses después la colección de arte forma­da por dos médicos judíos neoyorquinos, Melvin Blake y Frank Purnell, éste ya fallecido, apasionados por el realismo y la representación artística de la figura humana.

En este contexto, comenzaron a finan­ciarse conferencias, exposiciones, etc., donde intelectuales y artistas (judíos en su mayoría) presentaron híbridos sentimientos contrapuestos de culpabilidad y de memoria nacional, a fin de no extirpar ningún sentimiento de nostalgia. Métodos: recordatorios constantes del horror y del crimen, según el canon del Holocausto. Y si ello se impone con toda clase de perversas capa­cidades de ironía, mejor que mejor, porque ello produce la reacción reivindicativa contra el ago­bio de la propaganda de la autoinculpación.

Estos fueron, por ejemplo, los presupuestos del artista judío-alemán Anselm Kiefer, elegido sig­nificativamente como el primero en instalar sus obras en el Museo, seguido a continuación de numerosos artistas judíos norteamericanos, como Roy Lichtenstein, Claes Oldenburg, Mark Rothko, los clásicos vanguardistas Alberto Giacometti, Vassily Kandisnky, Jackson Pollock, y los actuales Jeff Koons, Jenny Holzer, Magdalena Abakamowicz, Daniel Buren, Boltansky, Sol Lewitt, Julian Schnabel, James Rosenquist, etc. En el entorno del Museo se ins­taló un estanque y una fuente de fuego del artis­ta judío-francés Yves Klein. El resto ya se puede prever. Incluso se programó para noviembre de 1998 una retrospectiva de otro artista judío, Robert Rauschenberg, considerado uno de los pioneros del arte multimedia.

(…)

El Museo Guggenheim llegó a ser el escenario para la entrega del pre­mio Pritzker de Arquitectura (equiparado al Nobel, y que convoca la Fundación Hyatt) al español Rafael Moneo. La entrega del premio fue preparada por el judío Philip Bloch, director del famoso hotel Villamagna de Madrid, perte­neciente a la cadena de hoteles Hyatt, propiedad del magnate judío Jay Pritzker de Chicago (fallecido el 23 de enero de 1999), descendiente de Abe Pritzker, uno de los asesores y expertos en finanzas del gran capo mafioso Capone. Los Pritzker centran sus negocios, además de la cadena hotelera Hyatt, cuya fundación preside Thomas J. Pritzker (hijo mayor de Jay), en un conglomerado muy reservado con ramificacio­nes en más de sesenta empresas.

Fuente.

 

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